Texto de Antonio Rojano, dramaturgo.

"La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de pensar en ello".

Ahora que escribo estas palabras, he dejado de pensar en ello, pero ya no me encuentro en aquel lugar —la frontera entre las dos Coreas— para saber si lo ocurrido durante la mañana fue un acontecimiento real o una propuesta fascinada de mi imaginación.

El autobús recorre la carretera que había dejado atrás durante el trayecto de ida. Es una autopista de tres carriles cercada con alambradas dobles, concertinas y puestos de control cada nosecuantos metros. En las ventanas de las garitas distingo siluetas humanas, fabricadas con cartón-piedra, cuyas cabezas falsean una mirada hacia el estuario. Como guiñoles, los bustos simulados amenazan desde los puestos de control y pueden confundir a los que los ven desde la distancia. Pienso que son útiles porque sirven para amedrentar y advertir al enemigo —a los de color rojo en las gráficas y los telediarios— que alguien les espera todavía a esta orilla del río. El truco surcoreano reafirma la idea de que cada frontera es una escenografía que plantea su propio pacto de ficción. La DMZ (o zona desmilitarizada) se muestra como lo que es: una plataforma soñada y construida por un ejército de hombres para vencer a sus enemigos usando las herramientas de la fantasía.

En definitiva, las fronteras son como los teatros.

Viajo dentro de un autobús pero, aunque no conduzco, permítanme dar un breve volantazo. DMZ es el acrónimo usado para nombrar la zona que actúa de borde entre los países de Corea del Norte y Corea del Sur; una parcela de terreno liberado que surgió tras la firma de la tregua militar —que no la firma de un tratado de paz— de 1953, al concluir la Guerra de Corea. A partir del paralelo 38, se estableció una franja independiente de no-reparto entre los territorios. Un cinturón de 4 kilómetros desmilitarizados, terreno que nadie-nunca debe pisar bajo amenaza de muerte, y que traspasa, como la espada de un mago lo hace con un cofre, 250 kilómetros de península desde el mar Amarillo hasta el mar de Japón.

Prosigo: la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur queda atrás y mi autobús avanza en la autopista hacia la capital surcoreana. Por la ventanilla del vehículo descubro una bandada de pájaros, también, avanzando al vuelo a cualquier otra parte, y es entonces, sólo con las aves o gracias a las aves, cuando mi mente topa con la idea que aquí quiero escribir. Como temo perderla en el pozo de mi pensamiento, en cuanto llego a Seúl, a la ceñida y húmeda habitación de mi guesthouse, lo primero que anoto sobre el papel de mi cuaderno es una cita de Philip K. Dick. La realidad es aquello que no desaparece. Y lo segundo que escribo, justo debajo, en la misma página, es una narración sobre lo que ha sucedido durante la excursión de la mañana. Aunque intento contar los hechos desde un lugar objetivo, tal-y-como-para-mí-han-sucedido, sé que estoy interfiriendo con mi recuerdo cuando renuevo el pasado una y otra vez, convirtiéndolo, en otra maldita cosa. Pienso que sería posible, más tarde, que mis palabras desaparecieran en el blanco del papel cuando haya terminado de pronunciarlas con el bolígrafo. Lo pienso. Cuando dejas de pensar en ello.

Escribo lo siguiente:

Subes a la terraza del observatorio para encontrarte con un horizonte entre dos países, pero allí te enfrentas con otro: el límite que existe entre lo real y lo imaginado.

El observatorio de Dora es un inmueble de tres plantas que ha sido habilitado como mirador para turistas. Dice el folleto que el edificio es considerado como el espacio civil más próximo a Corea del Norte. Tienes que creerlo. En la azotea del último piso se agita una muchedumbre de pupilas soldadas a sus correspondientes prismáticos. Las miradas arden, excitadas, como si se adentraran en las cabinas de un peep-show. Gracias a lo adverso del clima, el horizonte hoy es decepcionante para ellos. También lo es para ti. Poco puede apreciarse por culpa de esa bruma gris que se arrastra desde China cuando los vientos así lo resuelven. A pesar de la contaminación, las miradas insisten en dispararse hacia las montañas neblinosas o hacia el mal llamado pueblo fantasma —otra escenografía más en la que nadie reside— o en dirección al poste en el que se balancea, más cerca de ti que nunca, una bandera rojiza con una estrella. Según explica la guía, entiendes que aquello debe ser Corea del Norte, el otro país, el que no es el mismo en el que te encuentras ahora. Te preguntas si alguien como tú, desde el otro lado, también está mirando en la dirección equivocada, quizá hacia ti. Te preguntas si pueden verte. Piensas en la paradoja del niño que observa la luna y que ve a otro niño, idéntico a él, observándole desde la tierra. Cada uno desde un borde que no puede atravesar. ¿Cuál de los dos niños eras tú? ¿El de aquí o el del otro lado? Posiblemente seas el que se encuentra entre los dos extremos. En la tierra de nadie. O quizá, ninguno de ellos. Te dices que no lo sabes.

Te has confundido. Lo sabes, aunque prefieres no responder. Decides regresar a la planta inferior y tomarte un café. Despertar de este insólito sueño. Más cafeína, por favor. Vuelves al interior del edificio y, mientras esquivas pantalones vaqueros y pasaportes, desciendes por la escalera, porque en ella hay menos gente, sí, y es allí, en el último peldaño, donde encuentras la puerta que atrae tu atención. A tu derecha, el muro muestra una placa con una leyenda en inglés: THEATER. Te preguntas qué diablos significa esa palabra y luego te preguntas qué diablos pinta un teatro aquí (o te preguntas, si lo traduces de otra manera, qué diablos pinta un cine aquí), en mitad de la nada entre dos nadas. Así que abres la puerta y decides responder a tu pregunta con tus propios ojos. Sin saber siquiera si te está permitido hacerlo, abres la puerta y te adentras en la oscuridad. Pero la oscuridad no es tal, es sólo desconocimiento, porque al otro lado lo que te deslumbra y ciega es la luz. Sí, la luz del exterior. La misma luz que una pared de cristal deja pasar a la sala. Has dado con una ventana demasiado grande que permite mirar hacia fuera.

Lo es y lo parece. Es cierto que el espacio tiene la planta de un teatro; incluso, de un cine. Has entrado en una sala semicircular, que posee una tribuna inclinada con, al menos, veinte filas de butacas. También, por supuesto, en la sala se encuentran los espectadores. La mayoría están sentados. Hombres y mujeres encajados en sus butacas de terciopelo rojo frente al vidrio panorámico. Pero, para ser un teatro, aún nos faltaría un último elemento, ¿no crees?, puede que el más importante: ¿dónde está el escenario?, ¿en qué lugar se muestra el drama?, ¿qué superficie pisan los actores de esta obra?

Eres demasiado idiota para entenderlo con un primer vistazo, así que te sientas junto a la familia que devora dulces de arroz. Correcto, son esos cuatro que tragan con la misma codicia que si comieran palomitas de maíz. Vuelves a poner los ojos sobre la pared de cristal y no ocurre nada. Regresas a la familia que se alimenta, entretenida, los cuatro cráneos apuntando hacia el cristal apaisado, el mismo que el niño señala... y entonces lo ves. Como el niño, también lo ves. Entiendes, al fin, que el drama estaba delante de tu nariz todo el tiempo, ahí mismo, pero eras demasiado idiota para tomar distancia y comprender. Claro —te dices—, es el paisaje. Si la tierra se convierte en escenario, la DMZ será el nombre de la obra.

Alguien, posiblemente un genio, tuvo la idea de construir un teatro en la frontera, un mirador desde el que poder leer los cuentos que brotan de un terreno cuarteado. Aquí se encuentra el relato más antiguo de todos, el mismo que explica cómo algunos hombres aún llaman «patria» a los desiertos.

Estaba justo delante de ti. Pero no es un desierto lo que se muestra al otro lado. Es un vergel, un frondoso paraíso natural. Montañas, ríos, árboles y color verde.

Recuerdas que la guía ha señalado, antes de dejar el autobús, que los únicos que no desean la reunificación de Corea son los partidos ecologistas. El último reducto de biodiversidad de la península se encuentra en esa franja de 4 kilómetros que nadie ha pisado en setenta años. Cientos de especies de mamíferos y aves —algunas en peligro de extinción— coexisten en libertad. La DMZ es quizá el único país que queda en el planeta que enseña cómo era el mundo antes de la llegada de los hombres. Es una fábula moral. Un reino utópico para los animales, mucho más que para vosotros. Osos negros, grullas de coronilla roja, ciervos de agua, grullas cuelliblancas, cerdos salvajes, leopardos del Amur...; las criaturas conviven según las leyes naturales del génesis, entre la repetición de los ciclos, desde el nacimiento hasta la muerte. Así que, ya que estás en un teatro dispuesto a imaginar, imaginas cómo sería la dramaturgia de un país concebido por los animales. Te permites observar la pieza, desde el teatro de Dora, como si de una tragedia se tratase. Estás contemplando el último drama natural del mundo, cuyo título podría ser La caída del sol o El país de las aves, justo cuando su tercer acto ya se ha puesto en marcha. Imaginas que el Rey Grulla V, el Justo, no logró concebir descendencia, por lo que han llegado pronto las disputas internas para derrocarlo. Imaginas que serán Los Ciervos de Agua, sí, los traidores del este, los que se rebelen primero. Son los que llevan años rumiando el estallido, preparando un alzamiento cada vez que las aves parten al exilio de la migración. Imaginas que serán ellos, los cérvidos, los que tarde o temprano tomarán el mando y convertirán la DMZ en una dictadura. Ya encontraron al caullido de grandes colmillos que les enseñará el camino. Será un país mejor para los animales que pisan la tierra, los que, como ellos, permanecen encerrados entre las alambradas, pero ¿cómo será para los que todavía pueden sobrevolarlas? ¿Regresarán las aves del cielo cuando hayan perdido la tierra?

Apenas dura unos minutos la función que tienes delante, porque, como una tormenta que muere, el drama acaba precipitadamente. La contaminación que escupe China se aglutina en una nube densa y se convierte en la niebla propia de un cuento de Stephen King, opaca y peligrosa. La nube comienza a ocupar todo el escenario (¿o es la pantalla?) y no te deja ver nada. Segundos después, sólo puedes contemplar el blanco que se ha expandido como un gas nervioso. Aunque sabes que el verdadero escenario permanece al otro lado de la niebla, entiendes que, si durara lo suficiente, podrías olvidar el color verde. Ahora sólo ves el folio blanco. Un paisaje helado sobre el que alguien podría escribir un poema. Tragas saliva. No esperas lo que va a ocurrir a continuación, el estruendo que te va a despertar de la pesadilla. La vibración trae el suspense. Suena el golpe. Un peso seco golpea el cristal y deja un rastro de carmín rojo, como el derrape de un beso sobre un lienzo. Un pájaro al vuelo, puede que un cuervo o un rabilargo, ha chocado contra el cristal, posiblemente cegado por la bruma. Te dices: era el futuro príncipe, el loco, lo he visto caer, ¿verdad?, ¿lo habéis visto también vosotros? Y entonces recuerdas las tragedias que ya viviste y te repites por dentro los nombres de Antígona y de Hamlet y de Simba (qué más da, podrías estar también en un cine), y piensas que la muerte de un ave en el teatro de Dora no puede tener lugar. No, no un lugar real, no como cuando murió tu abuelo, sino que proviene de un lugar imaginario. La muerte de los otros príncipes tampoco existió nunca, nunca más allá del escenario. No puede ser que el delfín de las aves haya muerto antes del golpe de estado. Te duele el estómago. Lo sientes, esa punzada. No puede ser que la tragedia se consume de esta manera tan poco ocurrente. Te falta el aire. Quizá la historia se arregle más tarde, con un giro conmovedor o una venganza a tiempo. La angustia. Pero no puede terminar así. Nunca así, joder.

Mientras sigues buscando el final idóneo para tu drama imposible, mientras hurgas dentro de ti, la niebla se reblandece, despacio, y deja pasar la luz del sol, los primeros rayos, y regresa el color verde de la tierra viva y ahí está Corea del Norte y la DMZ, que no se han movido ni un centímetro. La frontera sigue en el mismo sitio que antes. Te tranquilizas, porque el país de las aves no se ha borrado al otro lado del cristal. Lo que se ha borrado es otra cosa.

¿Y la sangre del ave? ¿Cómo se limpió la sangre del pájaro que murió en el escenario? ¿Quién dijo alguna vez que la realidad era aquello que no desaparecía? ¿Dónde fue la sangre? ¿Dónde? ¿Dónde?