La pasarela sobre el puente de mando
lleva a un cubículo donde tomamos
café mientras miramos un atardecer
perpetuo. Es mi lugar favorito
de la torre norte por su posición
frente y por encima de la gran muralla.
Allí me refugio cuando siento
que el trabajo me supera, miro
el atardecer, espero unos minutos,
y lo vuelvo a mirar, mientras rompo
los envoltorios de barritas de café.
Luego cruzo la pasarela y bajo de nuevo
frente a los monitores, a vigilar las afueras,
para que nadie entre.

En el futuro todo será arena,
no lo llamaremos desierto, pero se asemejará
a lo que entendemos como desierto:
lugar sin agua o lugar de sed o lugar
vacío y sin embargo moviéndose o
lugar para el silencio y la desesperación
o lugar de muerte y sin embargo vivo.
Y sin embargo no lo llamaremos desierto
y caminaremos por él buscando algo
que –claro– perdimos en el algún momento.
El agua la sacaremos de pozos vigilados
por máquinas, el sol siempre estará ahí
excepto por las noches. La arena cubrirá
las ruinas como lleva haciendo siglos.
El mar perderá la batalla con la playa.

El futuro será desconcertante.
Grandes insectos surcarán el cielo y tendremos
que escondernos, habrá láseres pero sólo los tendrán
algunos.
Un beso seguirá siendo un beso.

En el futuro seremos más altos que ahora
y más delgados
Daremos en un paso lo que hoy en dos.
Los records en cien metros lisos, cien metros vallas y salto
de longitud serán muy diferentes a los actuales.
Vestiremos túnicas sin nada debajo porque hará calor.
Nos daremos la mano desde más lejos,
nos podremos abrazar
sin que nuestros cuerpos
se toquen.