Crónica imaginada por Iñigo Navarro Dávila (artista).

"Conocí a Sebastián Beyró hace veintipico años. Lideraba una expedición a Mongolia para encontrar la tumba de Ghengis Kan, yo iba contratado como becario para cuestiones de intendencia. Los derroteros de la investigación  nos habían llevado hasta parajes inhóspitos del Gobi y éramos abastecidos por el aire como una fuerza de élite copada por el enemigo. Éramos los únicos seres vivos en miles de kilómetros a la redonda. Estábamos financiados por un grupo inversor muy poderoso con sede en Suiza, formado en su mayor parte por traficantes de cocaína y armas, que desgraciadamente fue desbaratado y encarcelado en el interludio de nuestras pesquisas.

Los abastecimientos cesaron ipso facto.

Sin posibilidades de sobrevivir a una travesía por el desierto a pie, pues habíamos malgastado la gasolina  en nuestras melopeas nocturnas haciendo dibujos incendiarios gigantescos para los extraterrestres, nuestro carismático líder propuso que aguantáramos a ser rescatados en el campo base donde teníamos un pozo y construcciones prefabricadas. A los dos meses ya nos habíamos comido las reservas enlatadas, la fruta escarchada, los Yaks, los perros, la colección de truchas sagradas japonesas y los neumáticos de los Land Rovers.

El capitán Beyró consiguió conservar alta la moral del grupo manteniéndonos activos. Nos mandaba a paseo por el Gobi en busca de cosas bonitas: una piedra rara, un puñado de arena, o una conchita primigenia trasvasada durante eones por la tectónica de placas. Cada vez que le traíamos algo nos alababa el gusto haciéndonos fiestas y atusándonos la cabeza con gran orgullo. Aquellas cosas las catalogaba y coleccionaba siendo la pieza estrella una raspa de pescado fosilizado que hervimos más de cien veces para hacer sopa.

Un día, cuando volvíamos de nuestras rutas vimos que nuestro líder estaba cocinando algo en una olla gigantesca. Nos contó que un cerdo mongoloide pasaba por ahí, que lo cazó y lo cocinó. Todos nos pusimos contentísimos y saltamos y bailamos de alegría hasta que nos dimos cuenta que Hans el topógrafo no volvía del paseo. Nos imaginábamos lo que podía haber pasado pero estábamos tan hambrientos que nos hicimos los locos y nos pusimos a comer. Estábamos desolados, la primera comida en dos meses y se le había pasado el punto.

El caso es que las siguientes semanas pasaba un ángel en cada conversación, nos entraban risitas nerviosas, y en general hablábamos de naderías, pero estábamos con el estómago lleno y contentos. Incluso se dio pie a la nota social tras la ruptura de la pareja de filólogos orientales sobre la que se elucubró con redundancia.

Los nervios volvieron al terminarnos el último tuper de Hans. Muchos se despertaban asustados por  la noche o ni siquiera dormían, se demoraban en los paseos en busca de tesoros o se hacían ver poco apetitosos.

Este estado de alteración cívica no duro mucho pues otro cerdo mongoloide, de sexo: femenino, profesión: química y nombre: Berta, fue a la olla. Está vez mucho mejor de punto pero pasada de aderezos, se notaba mucho el líquido de batería y tenía demasiado aceite Ultimate Cepsa.

La cosa siguió así y sucesivamente fuimos devorando al equipo de especialistas sin parangón que formaban la expedición. El capi Sebas fue mejorando su cocina exponencialmente, y cuando ya solo quedábamos unos pocos no podíamos menos que expresarnos con naturalidad y decir cosas como: “Joder Sebas, qué mano tienes” o “Está para chuparse los dedos, lo único que me jodería de que me comierais es no poderme probar yo mismo”.

El Capi siempre nos respondía: “Hijos míos, es cuestión del arte buscar el tabú para transgredirlo y provocar el debate en la sociedad. Nosotros no solo estamos impelidos al canibalismo por una cuestión de necesidad, más importante aún es nuestra responsabilidad moral y cumplimiento de la ética del artista o del científico, ambas atadas a la experimentación”

Yo había conseguido escurrir el bulto de la merienda supongo que por mi simpatía y disposición, pero finalmente llegó el día que tenía que llegar y tras terminarnos el último bocado de lo que considero la obra maestra de la gastronomía contemporánea nos quedamos el Capi Sebas y yo mano a mano.

Temía lo peor cuando fui salvado por la campana. Ya desnudo y en la olla, con el agua en alarmante ascenso de temperatura, divisé a lo lejos lo que bien pudiera haber sido una caravana de la ruta de la seda y que luego descubrimos que era una de las tribus nómadas que aún quedan en Mongolia. Para disgusto de los etnógrafos diré que se tocaban con gorras promocionales de Bitterkas y calzaban modelos de Nike más o menos pasadas de moda.

Sebas me sacó de la olla y nos hicimos oír en aras del rescate.

Ya al trantrán de los ponis y observando Sebas que andaba algo mohíno, me preguntó si estaba enfadado con él y por qué. Luego puso su cara airosa y arrogante de capitán valiente y me sostuvo la mirada. Entonces no pude responder otra cosa que: “Como me voy a enfadar contigo si no he comido mejor en mi vida. Anda, dame un abrazo maricón”.

En Ulán Bator le perdí la pista, yo cogí el transiberiano y él se enroló en un barco de una empresa nuclear para tirar bidones radiactivos al índico cerca de unas islas con nativos y turistas.

Hace poco volví a saber de él y comprobé con alegría que no ha perdido su afición por el coleccionismo y la gastronomía, aunque diré que si me invitara a comer en esa autocaravana me lo pensaría dos veces."