Jonas Mekas es un prestigioso cineasta lituano afincado en Nueva York. Tiene 94 años pero a pesar de su edad conserva una enorme vitalidad. Goza de un enorme reconocimiento. Muchos le admiramos. Ha visto muchas cosas en su larga vida. Ha conocido a muchos artistas. Mekas tiene un videodiario que actualiza de vez en cuando. Este verano nos sorprendió publicando un vídeo en el que hablaba de su reciente viaje a Europa, invitado por la Documenta de Kassel. En ese vídeo decía que había estado en ciudades grandes, en eventos grandes y que había visto cosas muy grandes. Y que estaba cansado de que todo fuese tan grande, excesivamente grande. Pero también decía que, afortunadamente, casi por casualidad, al pasar por Madrid, tuvo la oportunidad de presenciar un ensayo de Ningún lugar, lo que el músico Nilo Gallego y el creador audiovisual Chus Domínguez, los dos al frente de la Orquestina de Pigmeos, estrenaron a finales de septiembre en Naves Matadero, con unas actrices rumanas no profesionales en escena (Luminita Moissi, Mirela Ivan, Angelica Simona Enache, Mariana Enache), acompañadas del músico colombiano Julián Mayorga y Claudia Ramos, junto a otro puñado de gente más en la retaguardia (Óscar Villegas, Raquel Sánchez, Raúl Alaejos y Ana Cortés).

Siempre mucha gente, porque así trabaja la Orquestina de Pigmeos, con un montón de gente, algo que en los últimos años se estaba volviendo muy complicado de ver en cierta escena de las artes en vivo (no sé ya cómo llamarla) no oficial, una escena que en los últimos años ha ido mutando el viejo concepto de compañía hasta destruirlo casi por completo, convirtiéndolo en algo más parecido a una constelación de individuos aislados, seguramente por razones económicas evidentes pero también probablemente por ciertas tendencias individualistas que posiblemente estén invirtiéndose de nuevo, quién sabe. Pero estábamos con Mekas. Jonas Mekas, en su videoblog, visiblemente emocionado, cuenta al mundo que ese ensayo de la Orquestina de Pigmeos es lo mejor de todo lo que él ha podido ver, por lo menos, en el último año. Y añade: eso sí que es arte. Está bien, podría ser que Mekas se sintiese halagado porque esas gentes hablan de su libro, Ningún lugar adonde ir, un libro en el que Mekas relata su exilio a través de una Europa en guerra hasta llegar a Nueva York y que la Orquestina de Pigmeos utiliza libremente en los textos proyectados que se superponen a lo que pasa en escena, una escena donde contemplamos pura vida, y también puro artificio (que nos permite volver de nuevo la mirada limpia hacia la vida, indistinguible ya de la ficción en la que, cada vez más, estamos inmersos), de la mano de gentes que, como Mekas, también abandonaron sus países de origen para llegar hasta Madrid. Pero es que, en el vídeo, a continuación, Jonas Mekas explica al mundo lo que para él es el arte, el arte que le interesa, y es una definición que me pone la piel de gallina: simple, pequeño, personal, no pretencioso, que toca a tierra, conectado con la vida. Algo así, dice Mekas. Y eso, después de dar muchas vueltas, Jonas Mekas lo encontró en un ensayo de la Orquestina de Pigmeos, una calurosa tarde de verano en Madrid. No se me ocurren mejores palabras que las de Mekas para hablar de cualquiera de los maravillosos trabajos de los que se nutre la ya larga trayectoria de la Orquestina de Pigmeos, perfectos representantes de todas esas gentes que llevan años haciendo cosas increíbles en el territorio de las raras artes sin que hasta el momento nadie les haya hecho demasiado caso. Me parece una gran hipocresía cuando oigo a muchos de los promotores del cambio político hablando del arte y de la cultura como el motor del cambio mientras sus actos, y los de sus aliados, delatan, en cambio, la gran traición que están cometiendo, la gran oportunidad que estamos perdiendo. Seguramente no saben ni de qué hablan. Pero sería tan fácil. Solo habría que prestarle algo de atención a lo que dice Jonas Mekas y a lo que hacen sus amigos.

Texto de Ruben Ramos Nogueira publicado en la revista Ajo Blanco.